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Jul
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Lisbeth Salander, el arma secreta de Larsson

https://fueradeltintero.files.wordpress.com/2010/07/lisbeth_salander_by_dididouli.jpg?w=241

Por Leonardo Tarifeño
De la Redacción de LA NACION

A los 13 años, la primera gran heroína de este milenio llenó un cartón de leche con nafta y prendió fuego el coche de su padre (con su padre adentro). Exámenes psiquiátricos posteriores dictaminaron que se trataba de una joven “antisocial, violenta y trastornada”; años después, pericias policiales demostrarían que, antes de cumplir la mayoría de edad, la niña incendiaria se había prostituido en los barrios bajos de Estocolmo. Cualquiera que la conozca un poco puede decir que es vengativa, anoréxica, independiente, bisexual, inflexible y muy discreta. Cualquiera que la conozca mejor podría decir que tiene nueve tatuajes (entre ellos, uno de un dragón que desciende del omóplato hasta la cintura), cinco piercings (dos, exclusivos para quien la desnude) y una fascinación por los números que parece esconder su profunda desconfianza hacia el género humano.

Con estas cicatrices en su historia y su corazón, ha cautivado a más de 15 millones de personas en todo el mundo, impuso una moda global entre las chicas de su generación y sedujo hasta al siempre serio Mario Vargas Llosa, quien la piropeó con un entusiasmo de los que no abundan. “¡Bienvenida a la inmortalidad de la ficción, Lisbeth Salander!”, concluyó el novelista peruano en el artículo “Lisbeth Salander debe vivir”, y con su elogio dejó claro que la protagonista de la serie Millennium , del sueco Stieg Larsson, ya entró al parnaso de los grandes personajes de la literatura actual. Y no sólo eso: su rabia, rebeldía e individualismo rampante dialogan con la época hasta encarnarla de un modo inestable pero cierto, que explica y justifica el monumental éxito de los cuatro kilos y 2267 páginas de una trilogía policial brillantísima, cuya primera versión cinematográfica, Los hombres que no amaban a las mujeres , de Niels Arden Oplev, se estrena por estos días en Buenos Aires.

El categórico knock out de Larsson a los peores clichés de la industria del libro ha sido tan brutal y sorprendente que, mientras unos leen las novelas ( Los hombres que no amaban a las mujeres , La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina , La reina en el palacio de las corrientes de aire ), otros dedican idéntico fervor a buscar las misteriosas razones detrás del repentino interés del público masivo, habitual consumidor de best sellers, por tres tomazos de literatura policial oscura y compleja, escritos con altura y rigor, que exhiben a un autor muy hábil en la creación de tramas y subtramas y especialmente crítico con la sociedad de su país. Fallecido días después de terminar el manuscrito del tercer volumen de la serie (el plan original incluía diez), Stieg Larsson no está disponible para presentar los libros y firmar autógrafos, ni mucho menos para aparecer en la televisión y opinar sobre la vida, el sexo, el gobierno y todo lo demás.

Y cuando estuvo disponible, no recorrió los medios y el mundo para promocionar sus esfuerzos literarios (que por entonces ni siquiera existían), sino para alertar sobre el peligro xenófobo, su mayor preocupación como periodista y fundador del proyecto “Stop the racism” y de la revista Expo . Con más de 15 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo (90 mil sólo en la Argentina), derechos de traducción comprados por 41 países y más de 6 millones de espectadores europeos que vieron la película de Oplev, Millennium representa un fenómeno basado en un best seller, pero ni el fenómeno ni el best seller son comunes y corrientes. O, acaso, ¿qué otro superventas de este calibre es capaz de llegar a las librerías y sostenerse sin el apoyo mediático de su autor? Y sobre todo, ¿qué best seller puede sobrevivir a un personaje como Lisbeth Salander, auténtica bestia pop en las antípodas de Harry Potter, del sabihondo Robert Langdon ( El código Da Vinci ) o del vampiro cursi Edward Cullen ( Crepúsculo , Luna nueva )? Como todo buen escritor, lo que de veras parecía interesarle a Larsson era construir una palabra a contracorriente de los mandatos de la época y renovar la literatura. Sobre lo primero, su historial como periodista combativo reaparece con singular brillo en los temas y atmósferas de Millennium , que incluyen la violencia de género, el pisoteo contemporáneo a los derechos de la mujer, el tráfico de drogas y de personas, la corrupción de las clases altas y el malandrismo financiero. Y acerca de lo segundo, confió su originalidad posible al contrapunto entre los personajes de Mikael Blomkvist (periodista que, como Larsson, dirige una revista mensual de denuncia política) y Lisbeth Salander. Al menos así lo sugiere en una carta dirigida a Eva, su editora en Norstedts, fechada el 30 de abril de 2004. Allí, escribe:

En muchos aspectos he querido ir a contracorriente respecto al planteamiento habitual de las novelas policíacas. Y para hacerlo he usado expedientes que en general están prohibidos. La presentación de Mikael Blomkvist, por ejemplo, sucede sólo a través de la investigación personal que realiza Lisbeth Salander. He pretendido crear protagonistas que se distinguiesen radicalmente de los personajes usuales de las novelas policíacas. Por eso, Mikael Blomkvist no tiene ni una úlcera, ni problemas de alcoholismo, ni una angustia existencial. No escucha ópera, ni tiene un hobby extraño como coleccionar maquetas de avión o algo similar. En general no tiene problemas y su característica principal es que se comporta como el estereotipo de una “puta”, cosa que él mismo reconoce. También he invertido los papeles sexuales conscientemente: en muchos aspectos, Blomkvist representa la parte “femenina”, mientras que Lisbeth Salander tiene un modo de actuar, y ciertas cualidades, que son estereotipos “masculinos”.

En Larsson, la crítica social y la apuesta literaria se condensan en Lisbeth Salander, ejemplo y metáfora de un tipo de subversión cultural en la que el anarquismo adopta herramientas tecnológicas y reformula los eternos recelos a la ley. Lisbeth es una inadaptada, como a su manera también lo es Philip Marlowe, pero el tiempo que el detective creado por Raymond Chandler utiliza para decir frases ingeniosas o golpear a los malhechores Lisbeth lo emplea para desaparecer. Como la mujer actual, Salander es y puede ser víctima de abusos; pero si el tutor que administra su dinero la extorsiona para recibir favores sexuales de su parte, ella es capaz de vengarse y tatuarle “Soy un sádico cerdo, un hijo de puta y un violador” en el vientre, justo por encima de sus genitales. A años luz de la pasividad que se le atribuye al estereotipo femenino, la heroína de Larsson hace y piensa lo que muchos ni siquiera se permiten imaginar (tras recibir el menosprecio de un agente inmobiliario, se pregunta cómo sería explotar un cóctel molotov contra su oficina), y en ese descaro monumental e ilícito habría que buscar buena parte de la identificación que genera. Como Marlowe, su principal arma es la inflexibilidad, el cumplimiento a rajatabla de un código personal; al revés de los héroes de la novela negra clásica, no sólo se salta la ley para hacer justicia, sino que su justicia particular incluye el robo y el sadismo. Larsson pretendía que sus libros dijeran lo que en Suecia se calla. A través de Lisbeth Salander encontró una voz que retumba en todo el mundo, porque el silencio al que le apunta vibra a escala global.

Una de las críticas más duras a Millennium vino de la escritora estadounidense Donna Leon, autora de La otra cara de la verdad y de un buen número de thrillers protagonizados por el comisario Guido Brunetti. Según ella, “Larsson es patológicamente malo” porque “su actitud es un agravio al amor humano y a las relaciones humanas. Todos los contactos sexuales son violentos o fuera de límites, no hay pasión en el libro, tan sólo pasión por violencia o por venganza”. A favor de Larsson habría que decir que su trilogía, como es habitual en la mejor literatura, señala e ilumina las zonas oscuras de la sociedad, y en ellas hay poco espacio para las sutilezas o los sentimentalismos. De hecho, lo que Millennium propone es una nueva ética para tiempos difíciles, y Lisbeth es un personaje-manual que no en vano padece todo tipo de vejaciones, la mayoría de ellas puestas en práctica por el Estado de Derecho.

El psicólogo que la declara esquizofrénica y asesina en potencia, sin tener en cuenta que se crió en un hogar gobernado por un padre golpeador, recibe un sueldo del Estado; y el abogado que controla sus cuentas bancarias y aprovecha su poder para violarla, también. Si la interpretación biográfica es útil, valdría la pena recordar que, según ha dicho Eva Gabrielsson (la mujer que acompañó a Larsson durante 32 años, actualmente en litigio con la familia del escritor por el control de la herencia), un adolescente Stieg presenció la violación de una chica por parte de unos amigos suyos, durante un campamento escolar. “Días más tarde se la cruzó por la calle y se acercó a pedirle perdón por no haberlo evitado -dijo en una entrevista para El País – pero ella lo rechazó. Siempre se sintió culpable. Le marcó, y quizás por eso…”. Quizás por eso su mundo literario gira alrededor de la violencia sexual, justo allí donde de nada sirve pedir perdón.

Lisbeth Salander surge de ese mundo, pero también de múltiples fuentes de inspiración personales y culturales. El retrato hablado de la chica indica que mide poco menos de un metro y medio, pesa 42 kilos, fuma (no tanto como el propio Larsson, workaholic que acababa con cuatro paquetes diarios de Marlboro light ), nunca abandona su PowerBook, anda en Kawasaki, bebe (no es alcohólica), guarda un martillo en su cartera, se va a la cama con hombres o mujeres que hablan poco, y reúne a varias tribus urbanas en alma y piel: ropa goth , descuido grunge , talante punk y costumbres tecno.

Nació el 30 de abril de 1978 bajo el signo de Tauro, que rige la fuerza, la posesión y el instinto de conservación. Lo primero que hizo con el dinero robado a las cuentas de una corporación corrupta fue viajar al Caribe y hacerse las tetas. Su idea de la sociedad podría resumirse en una frase que repite en Los hombres que no amaban a las mujeres : “No hay inocentes, sólo hay distintos grados de responsabilidad”. Fue una pésima estudiante y todo indica que padecería el síndrome de Asperger, una forma de autismo que afecta la interacción social, la expresión oral y el desarrollo cognitivo. Tiene una hermana gemela, Camilla, que no se le parece en nada, y casi 2 mil fans en Facebook. Y su nombre arroja 1.370.000 resultados en Google, un millón más que Juan Rulfo y 300 mil más que Mario Vargas Llosa. Según el propio Larsson, el principal modelo de Lisbeth es Pippi Calzaslargas, el personaje de Astrid Lindgren (Blomkvist toma su apellido de otro personaje de la escritora) que combina rebeldía con independencia y espíritu de contradicción. En una de las últimas entrevistas concedidas, y ciertamente la primera en la que habla de su trabajo literario, el ahora célebre periodista y narrador sueco explicaba para Svensk Bokhandel el origen de la serie y de su personaje:

Empecé a escribir en el año 2001. Escribía libros por diversión. Era algo que tenía en mente desde los años 90. Kenneth A., de TT (la principal agencia de noticias sueca) y yo estábamos sentados con los brazos cruzados cuando comencé a escribir un texto sobre los viejos Hernández y Fernández, de Tintín . Fue muy divertido, y estuvimos discutiendo acerca de cómo escribir sobre ellos ahora que con 45 años se encontraban frente a su último misterio. De ahí es de dónde surgió la idea, pero al final acabó siendo otra cosa.

En lugar de eso tomé a Pippi Calzaslargas. Pensé: “¿qué aspecto tendría actualmente? ¿qué tipo de adulta sería? ¿Cómo la calificarían? ¿Una sociópata? ¿Una autista? Tiene una visión de la sociedad distinta de la de los demás. O, visto de otro modo, no observa la sociedad del mismo modo que el resto de la gente. La convertí en Lisbeth Salander, de 25 años, una chica que se siente como una extraterrestre entre la gente. No conoce a nadie ni tiene capacidades sociales en absoluto.

Como Alessandro Baricco sugiere en Los bárbaros , la pantalla (de la compu, del teléfono, de la tele) como prótesis tecnológica ha generado un tipo de joven que, puesto a elegir, prefiere vivir dentro del mundo cibernético a tomarse la insufrible molestia de convivir con los demás. Son chicos que se sienten como extraterrestres entre la gente. La alianza actual entre ciencia y globalización permite crear una geografía propia, a la carta, donde el barrio ya no pasa por las calles cercanas a la casa ni el vecino es, necesariamente, aquel que vive en el departamento de al lado. Ese futuro en realidad es el presente, y uno de los modelos vitales del presente es el hacker o pirata informático, el héroe que entra y sale de computadoras ajenas sin que nadie se dé cuenta y, en ese movimiento, crea sus propias reglas. Los amigos de un hacker son otros hackers , aquellos que entienden de solidaridad, nicknames y programas encriptados; su horizonte es la acción y su adn, el individualismo.

Quien vive y crece y trabaja dentro de una pantalla no se siente obligado a refinar modales offline, ni a entender o aceptar las elementales normas de la vida social. Es el refugio perfecto para quien prendió fuego al coche de su padre con su padre adentro, la red anónima y veloz donde una relación afectiva se termina con sólo apretar delete . Esa discreción del hacker es la que Lisbeth Salander quiere para su vida. Hay una perversa relación entre las maravillas que Lisbeth hace dentro de una computadora y las palizas y abusos que recibe fuera de ella.

Quizás por algo de esto es que un amigo de Larsson, el también periodista Mikael Ekman, ha sugerido que el novelista se basó en alguien real para dibujar el perfil de Salander. Y es que Lisbeth hay una sola, pero tambien muchas: algo de ella late en los nuevos paradigmas intelectuales de la femineidad no heterosexual (de Lydia Lunch a Virginie Despentes) y mucho de su carácter en los miles de jóvenes actuales que han encontrado en la tecnología un valor -cultural, político- alternativo a la fascinación del consumismo y el poder del dinero. Lisbeth no se une a Mikael por prestigio, ni siquiera por amor; lo único que la lleva a ayudarlo en Los hombres que no amaban a las mujeres es el mismo sentido de la solidaridad que encuentra entre sus amigos hackers . Malherida para siempre por el odio que su padre descargó contra su madre, Salander es incapaz de olvidar un agravio. Pero como demuestra en su relación con Blomkvist, tampoco le falla la memoria cuando alguien se anima a hacer algo por ella.

Los hombres que no amaban a las mujeres es una larga oda a las mujeres que, como Lisbeth Salander, son difíciles de amar, escrita por alguien que logró algo todavía más difícil: amar a la misma mujer durante toda su vida. Larsson conoció a Eva Gabrielsson en una marcha contra la guerra de Vietnam, y desde entonces ella se convirtió en la única persona dispuesta a enfrentar las amenazas de muerte que rodeaban al militante Stieg. Algo de Salander debería de haber en Gabrielsson, y el rencor y la inflexibilidad con el que la viuda de hecho trata a los legales (tal vez no legítimos) herederos del escritor indican que el buen Larsson tenía material literario de sobra en la arquitecta que nunca se quejó de los raros horarios nocturnos de las aventuras de Lisbeth y Mikael. El padre y el hermano de Stieg ya le ofrecieron una parte de las millonarias ganancias obtenidas por Millennium , pero ella no da el brazo a torcer.

Como Salander, no la mueve el dinero. Lo que quiere son los derechos literarios de la trilogía y a cambio amenaza con editar el cuarto e inconcluso volumen de la serie, ambientado en el submundo mexicano de Ciudad Juárez y sus “feminicidios”. Mientras tanto, para el segundo semestre de este año anuncia un libro suyo, centrado en lo que vivió tras la muerte de su pareja y acerca de “unos hombres que también odian a las mujeres”.

Gabrielsson, el universo de los hackers y Pippi Calzaslargas son los vértices del triángulo que crean a Lisbeth Salander, pero otro triángulo podrían formarlo el cómic, la serie B y las fantasías sexuales masculinas, las mismas que llevan al abogado Nils Erik Bjurman a maniatar a esa muñeca punk y someterla con la fuerza que constituye lo peor de los hombres. Para sobrevivir a esa violencia se necesita un nuevo código moral, y Lisbeth también nace de esa filosofía en ciernes. A Lara Croft la impulsa el pasado familiar, a las paródicas chicas de Quentin Tarantino las mueven la codicia o la venganza; en Lisbeth Salander el reloj es el de la supervivencia a la apatía políticamente correcta, una época en la que el poder utiliza el bienestar como anestesia infalible contra cualquier tipo de insurrección. Como se subraya sobre todo en La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina , no hay nada más inútil que una ley que nadie está dispuesto a hacer cumplir (en el caso de esa novela, la durísima ley contra el tráfico de mujeres no sirve en un país que compra grandes cantidades de prostitutas rusas y centroeuropeas); el ciudadano común se conforma con la sanción de la ley, los medios distribuyen la información que el Estado propone, y mientras tanto la realidad se burla de la máscaras narcóticas que adopta su propia imagen. Ante esa hipocresía, la ética de Salander sugiere que lo más importante es el silencio (ni siquiera dice nada en los tests psicológicos), el antisentimentalismo y tomar todo lo que viene bien, sin mirar de quien. Las leyes que formula el Estado no las respetan ni los propios gobernantes; por esa razón, entre otras, hay que crear unas propias. La principal dice que siempre se debe estar en movimiento, inalcanzable, oculto bajo un nickname , dentro de una computadora o arriba de una moto.

Según Graeme Atkinson, editor europeo de la revista inglesa Searchlight , el conocimiento de la derecha europea que poseía su corrresponsal Stieg Larsson era “enciclopédico”. Ese arsenal de datos, chanchullos y trapitos al sol les dan credibilidad a las historias de las novelas, sugieren que la verdad está allí y no en las noticias, y les garantizan un paisaje de acción y verosimilitud a los quijotescos Blomkvist y Salander. En cuanto a los personajes, entre Larsson y Blomkvist hay un juego de espejos evidente, pero en el caso de Salander el retrato hablado no termina de mostrar quién es, ni por qué le abrió las puertas del éxito a su autor. En Millennium , Lisbeth escribe a plague_xyz666@hotmail.com, la dirección electrónica de un amigo suyo, el hacker Plague, cuando necesita información. Ante la necesidad de datos e historias que dibujen una imagen más certera, envié el siguiente texto en inglés y castellano a ese mismo e-mail, plague_xyz666@hotmail.com:

Hola, mi nombre es Leonardo Tarifeño y soy periodista del diario argentino LA NACION (si eres el hacker que imagino, esto ya lo sabrás). Debo escribir sobre Lisbeth Salander y, como eres uno de sus mejores amigos, me pareció importante contactarte. Para ti, ¿quién es realmente Lisbeth Salander?

Saludos,

L.

Segundos después, recibí la respuesta: el servidor de yahoo decía que ese e-mail no existía. Pensé en abandonar el juego, luego advertí que, si yo fuera un hacker amigo de Lisbeth Salander, no tendría mi dirección electrónica al alcance de cualquiera. Volví a probar, esta vez a las direcciones plaguexyz666@hotmail.com, plaguexyz666@live.com (live es un hotmail actualizado), plague.xyz666@hotmail.com y plague-xyz666@hotmail.com. Minutos después, cuando revisé mi bandeja de entrada, vi que no había ninguna respuesta automática como la que ya había recibido. Y del remitente plaguexyz666@live.com había un mensaje sin abrir. El texto decía (dice):

We ALL are Lisbeth Salander

P.

Y entonces entendí cuál es el milagro de Stieg Larsson.

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1226190

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