05
Nov
09

La Estancia revela la intimidad del “Chino” Hung

Entrar a La Estancia por estos días es sentirse en la casa de Francisco “el Chino” Hung (China, 1937-Venezuela, 2001). Es apreciar la misma luz que ilumina Maracaibo, esa por la que el artista se quedó a vivir y a trabajar en Venezuela. Es ver la armonía y la unidad que rodea, aun hoy, a su familia. Es conocer sus secretos más íntimos, esos que asombraran a propios y extraños, pero por lo cotidianos y normales que resultan.

Incluso, más allá de todas las connotaciones sentimentales, ir hoy a la exposición Hung, permanencia de la imagen, es observar unas piezas inéditas de la fase figurativa del creador. Esa por la que no ganó premios, pero que llenó con los mejores momentos de su familia.

Para su hijo, el director de la Sinfónica de Anzoátegui, Yuri Hung, esa cotidianidad que plasma en los cuadros es lo que su padre les enseñó a valorar.

“Nuestro padre fue un artista que viajó mucho de joven. Luego decidió radicarse en Maracaibo por dos razones: la luz y porque se enamoró de nuestra madre. Le encantaba la luz de Maracaibo y se dedicó mucho a dibujar y a plasmar la cotidianidad, el entorno familiar. Él nos hizo comprender lo maravilloso que es la cotidianidad. Él se adentraba en el mundo de cada uno de nuestros familiares, en sus estados anímicos y a través de su maestría técnica pictórica y creativa lograba hacer estas obras espectaculares”, afirma Yuri Hung.

El artista Premio Nacional de Pintura 1965, que se dio a conocer con el arte abstracto, la Serie de materias flotantes y la máquina voladora, también volteó a mirar la simpleza de lo cotidiano. En esta exposición, catalogada como inédita pues nunca antes se había reunido parte importante de la obra figurativa de Hung, se muestra a su esposa, Maite; a sus hijos, Yuri, Alexander y Valentina, y hasta al boxer Nico y al loro Roberto.

“Para mi padre la figuración era un complemento”, suelta su hijo Alexander. “Su parte de ejercicio. Era como su lado B, que ha permitido que después de su muerte se den este tipo de exposiciones. Él pintaba en la mañana su obra abstracta, lo que era la mancha, lo plástico, el color en la tela. Pero ya en la tarde dibujaba. Era su escena más íntima”, dice.

La rutina del creador comenzaba a las 3:00 o 4:00 de la mañana. Pero era a las 10:00 a.m. cuando captaba esas imágenes que seguramente mantendría en la retina por siempre. A su esposa en la cocina; a sus hijos con las novias, tocando algún instrumento o bailando; a sus amigos en reuniones dentro de su casa. Por día, según sus hijos, hacía un poco más de diez dibujos diarios.

“Él era un artista al que no le gustaba lo comercial. Le costaba mucho desprenderse de su obra. Por eso estas piezas son tan íntimas. Las hacía por un compromiso con el arte en sí. Aquí hay una energía particular”.

Dubraska Falcón

Publicado en el Diario El Universal

http://espectaculos.eluniversal.com/2009/11/05/til_art_la-estancia-revela-l_1641317.shtml

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